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CONCURSO DE CUENTOS TELETÓN: CONOZCA LOS CUATRO CUENTOS ELEGIDOS POR EL JURADO
Sep 3, 2021

Con la participación de casi mil niños, niñas y adolescentes de 57 instituciones educativas de todo Uruguay y un total de 326 cuentos concursantes, se cerró el gran concurso de cuentos de Teletón.

A continuación, compartiremos los cuatro cuentos elegidos por el jurado:

No es necesario cubrir las diferencias

Por Juana Buonomo, 5to año Colegio Richard Anderson, Montevideo.

Todos sabemos que no hay ser vivo que sea igual a otro, sea humano o animal y nadie hace de eso un problema, excepto los roedores, especialmente las ardillas.

Esta es la historia de Rossó y su madre, que por si no quedó claro, son esas ardillas.

Todo empezó cuando la mamá de Rossó recibió una oferta laboral que consistía en mudarse a Bellota, un pequeño pueblo en un remoto bosque que apenas llegaban a los cincuenta habitantes. 

Mudarse a un pueblo minúsculo como ese, sería un gran cambio para la familia, ya que vivían en una gran ciudad (bueno lo que era una gran ciudad para las ardillas) y este pueblo no era nada comparado a esas grandes ciudades con esos gigantescos edificios, esos carteles brillantes y los ruidos de los autos que no te dejan dormir, bueno, sigamos.

Llegaron a su nuevo árbol y una multitud de ardillas los estaban esperando afuera de su agujero, con las claras intenciones de hacerles una fiesta de bienvenida.

A Rossó y a su mamá se les desfiguró la cara. porque al momento en el que se bajaron del auto una multitud gigante gritó - ¡Sorpresa! - y soltó serpentinas por todas partes, dejando claro que no iban a poder instalarse en su nuevo árbol, como ellas deseaban.

La fiesta pasó en un parpadeo junto con los días siguientes, hasta que llegó el primer día de clases. Rossó estaba parada enfrente de la puerta del nuevo colegio y de la mano con un suspiro entró.

Lo primero que vio fue un grupo de ardillas rojas, no, no era un grupo era todo el colegio. El colegio estaba repleto de ardillas rojas, capaz esto no se vea como un problema, pero sí lo era para Rossó ya que ella era blanca. Al segundo que su pequeño cerebro de ardillas razonó eso, dio un gran paso para tras y salió corriendo. Mientras corría, Rossó pensaba en un plan ya que no iba a poder escapar de la escuela para siempre, hasta que vio un gran cartel que decía “1 kg de tomates a 30 pesos”, y ahí fue cuando se le ocurrió la brillante idea de teñirse su hermoso pelaje blanco de rojo, con tomates. Rossó se acercó despacio hacia el quiosco y pidió el kilo de tomates y en un pin pun pan ya no existía Rossó sino una completamente nueva ardilla roja. Ahora (de vuelta) se paró enfrente a la puerta y entró confiada.

Pasó la mitad del día y todo iba bien hasta que llegó la hora del recreo, Rossó no se iba a salir con la suya tan fácil, porque esto es un cuento y así no pasan las cosas acá. Estaban en el recreo y empezó a llover, y Rossó empezó a desteñirse, de repente sintió algo mojado, era la lluvia, miró para arriba pero no le prestó atención hasta que razonó que su pintura falsa se le estaba saliendo. Corrió hacía la clase, cogió una pintura y se dirigió directo al baño para repintarse. Esperó a que parara de llover y volvió al salón, uso la excusa de haberse perdido y continuó con la clase en paz, pero nerviosa de que fuera a fracasar de vuelta.

Pasaron los días y Rossó siguió con su ridículo plan (del que su madre no estaba enterada) de pintarse roja para ir al colegio y despintarse para volver a su casa, hasta que en un momento razonó y se dio cuenta que ese era un plan patético.  Se dio cuenta que nadie se burlaba de ella y que ella lo estaba inventando todo, pero solo por un segundo y volvió a la idea de que era una rata de laboratorio diferente a los demás y de que nadie la iba a querer.

Llegó a su casa y empezó a buscar ideas en la computadora de cómo teñirse de rojo permanente. Al fin apareció lo que fue su solución:  era una página de internet que hablaba de un lugar llamado Squimel, era un lugar donde te ayudaban con tus diferencias. Ella, muy emocionada, se inscribió al minuto, pensando que la iban a teñir de rojo o algo así… pero así no fue como la ayudaron.

Al siguiente día Rossó se volvió a teñir de rojo para ir a la escuela y a la hora de la salida fue a Squimel. Una ardilla con un hermoso pelaje lila la recibió y la invitó a pasar. Mientras iban caminando por el salón Rossó le contó su problema y la ardilla lila, con una corona de flores llamada Wally, le dio la solución al segundo, estas fueron sus exactas palabras:

-Querida Rossó, ¿tú ves que nosotros nos maltratemos por ser de colores y de personalidades diferentes?, la clara respuesta es no. En esta humilde aldea de ardillas no somos así, tú eres la que le está buscando otra capa a la bellota. Lo mejor que puedes hacer es ser quien tú eres y tú eres blanca-

A Rossó le quedó muy claro lo que le dijo Wally, y la ayudó mucho también.

Al siguiente día Rossó entró a la escuela, dio un pequeño paso atrás a causa de la duda, pero siguió adelante. Entró a la clase con su pelaje blanco y nada pasó. Rossó quedó muy sorprendida, nadie se burlaba, al contrario, la alagaban por su hermoso pelaje blanco.

Era la hora del recreo y como siempre salieron al patio a jugar. Todos se divertían hasta que en un momento llegó la lluvia y pasó algo impresionante, se estaban destiñendo…

Las demás ardillas se estaban destiñendo. Aparecían pelajes rosas, lilas, amarillos y de todos los colores posibles. A casi todas las ardillas les pasó lo mismo que a Rossó, sentían que no iban a encajar, Rossó ya sabía cómo ayudarlas, la respuesta era fácil: ¡Squimel!

Cada día que pasaba, a más ardillas ayudaba Squimel y cada día se hacía un arcoíris más grande en el patio lleno de ardillas coloridas, que aprendieron que todos somos diferentes y no te tienes que crear un problema por eso.

Alexa y sus malas actitudes

Por Camila Miranda, 4to año A Escuela Nº6 de Carmelo, Colonia.

En una pequeña ciudad, una niña llamada Alexa vivía, quien tratar muy bien al resto no sabía. Que debía ser buena su mamá siempre le repetía, pero la muchacha simplemente no entendía.

En los recreos de la escuela siempre jugaba con sus amigas, las cuales le decían ‘’Alexa, a compartir debes empezar, si sola no quieres estar’’, pero Alexa caso no hacía y con su egoísmo las comenzó a alejar. Poca importancia le tomó, ya que hacer amigos nuevos logró. Esta vez con un niño llegó a parar, a quien siempre le decía cosas por no poder caminar.

— Yo te he dado mi amistad, mas eso no parece importar. Si mal conmigo te vas a comportar, será mejor que nos

comencemos a distanciar —Ignacio dijo, un poco enojado, pero más que nada dolido.

— ¡No me interesa! ¡Otro amigo voy a conseguir y en tu cara me voy a reír!

­­-Así lo exclamó y tal como lo exclamó, lo cumplió.

Fauna el nombre era de su nueva amiga, una niña de piel oscura y con pecas hasta en la pera. Alexa con aquello no estaba muy contenta, así que a Fauna de lado dejó y con Emily una nueva amistad estableció. Aunque aquello mucho no duró, ya que los gustos de su nueva amiga, todo lo cambió.

— ¿Por qué me cuesta tanto encontrar un amigo normal? —Alexa se quejó, pateando el suelo, donde un pequeño agujero dejó— Unas que solo mis cosas quieren pasar, uno que no puede caminar, otra que a mí no es igual, y la última que de otros juegos viene a gustar.

Al cerca estar su maestra, todo lo que dijo pudo escuchar. Un poco desconcertada por las palabras de su alumna, a ella se decidió acercar.

— ¿Acaso alguna de ellas es una mala cualidad? —preguntó la mujer, mostrando sincera curiosidad. Alexa simplemente la miró, y ninguna palabra de su boca salió— Todo lo que decimos viene con un peso. Tal vez no lo sepamos, pero siempre debemos tener cuidado, ya que no sabemos a quién le haremos daño. Ser diferente no es malo, es algo que debe ser celebrado. Yo antes a vos me parecía, hasta que de casualidad a un sabio escuché, el cual decía ‘’Si amigos quieres tener, entonces amable debes ser. No juzgues a la gente por su parecer, o el mundo de tristeza va a padecer. Debemos apoyar a quienes nuestra ayuda necesitan, y brindar un lugar seguro, pues no queremos que entre nosotros haya un muro’’. – Su maestra le aconsejó.

Alexa un abrazo a su maestra le dio, mostrando su agradecimiento, y así, por todo el patio corrió. A sus amigos les pidió perdón, admitiendo su error y esperando ya no causarles más dolor. Uno por uno, abrazos repartió. No todos aceptaron su disculpa, mas eso bien estaba, ya que entendía que perdo nar a veces costaba. A lo lejos escuchó al timbre sonar, el recreo acababa, y ¡el tiempo cómo volaba!

Con una sonrisa, la mano de su amiga Emily tomó, y junto a ella en su salón se sentó, lista para aprender y con sus compañeros un largo viaje emprender.  Todavía niños eran, por lo que mucho conocimiento les faltaba por ganar, pero con grandes amigos y una mente abierta, sabía que del camino iba a disfrutar.

El campo de flores

Por Ana Pursals, 6to año Colegio Pinares del Este, Maldonado.

Ese año, el campo de gerberas lucía colorido y perfumado como siempre. Cada una de esas simples y hermosas flores daba lo mejor de sí. Sabían que cada una era igual de importante, independientemente de su color.

Todas juntas formaban un hermoso paisaje, como un mar calmo y multicolor.

Allí, en el medio de la plantación, estaba creciendo una plantita más. Se esforzaba por florecer como las otras gerberas, pero no podía.

Las otras flores veían que esta nueva plantita no era exactamente igual a ellas, sus hojas eran más grandes, su tallo era más grueso.

Pero como era una más de ellas, cada día la animaban para que floreciera.

En vez de eso, la plantita solo crecía y  crecía haciéndose más alta.

Pronto ya lo era más que el resto de sus amigas que la seguían alentando para que floreciera.

La plantita por su parte les comenzó a contar lo que veía desde lo alto.

Veía el campo de flores en el que había nacido al igual que sus amigas. Veía que era un lugar muy grande y aunque eso le dio un poco de miedo sabía que estaba segura con sus amigas.

A ellas les contaba que podía ver las mariposas revoloteando sobre sus corolas y les narraba sobre el hermoso baile de las abejas mientras recolectaban polen.

Les contaba lo lindas que quedaban cuando el sol del amanecer se reflejaba en las gotitas de rocío formando miles de arcoíris, y cómo las pequeñas mariquitas se acercaban a beber de ellas.

Si bien la plantita no floreció, sus amigas le seguían diciendo que no se rindiera. Todas estaban seguras de que para la primavera siguiente sí lo conseguiría.

Mientras tanto, la plantita era feliz, así, tal como es y sus amigas la querían de igual forma. Ella continuaba disfrutando y compartiendo con las demás su visión de ese maravilloso campo multicolor.

A partir de ese año, todos comprendieron que el mundo es más hermoso, grande y maravilloso. Sólo hay que saber ver desde diferentes perspectivas, abrirse a nuevas experiencias, valorar todo lo que se nos brinda en cada nueva oportunidad. Y sacar, con creatividad el máximo provecho de las cualidades y virtudes particulares que la naturaleza nos regala a cada uno.

El Caminante

Por Juan Cruz Mailhos, 4to año Colegio Monte VI, Montevideo.

 Lo vimos llegar, con mi primo Alfonso, mientras jugábamos al fútbol en la estancia de mi abuelo Julio, en Río Negro.

Parecía cansado, tenía su ropa limpia, pero con agujeros, sus zapatos muy gastados, un viejo abrigo gris y cargaba una gran bolsa sobre la espalda con todas sus pertenencias. Nos parecía mayor porque encorvaba los hombros, pero tendría 20 años, como mucho. Estaba muy flaco y triste. Sus ojos eran muy negros, también su pelo y su barba. Se nos acercó muy despacio para no asustarnos, nos dijo con voz suave que se llamaba Román y nos pidió un poco de agua, mostrándonos un bidón de plástico. Con miedo le dijimos que si, tomamos el envase y corrimos a la cocina a avisar a la señora del capataz de su presencia.

Ella estaba cocinando la cena, pero cargó el agua y agarró unas galletas y carne, que envolvió en un repasador, y nos acompañó a ver al “caminante” que esperaba bajo un árbol.

Él nos agradeció el agua y la comida, nos deseó buenas tardes y volvió lentamente a la ruta.

A la mañana siguiente nos despertamos bien temprano decididos ir a investigar adonde había ido Román.

Desayunamos y agarramos un poco de leche y pan para llevarle. Ensillamos y salimos costeando el alambrado de la ruta hacia el sur.

Lo encontramos como a cuatro kilómetros al lado de un monte de paraísos.

Se había hecho una carpa con unos palos y la tela de su bolsa y estaba sentado junto a un pequeño fuego donde se calentaba en esa fría mañana de invierno.

Estaba tomando mate y hervía el agua en una vieja lata de duraznos que usaba como caldera.

Atamos los caballos en el alambrado y nos acercamos con vergüenza. “Buenos días”, lo saludamos y él con una sonrisa nos contestó: “Muy buenos días a ustedes” y nos invitó a acompañarlo.

Nos sentamos alrededor del fuego estirando las manos para calentarnos de la helada que hacía blanquear el campo. Le dimos el desayuno y nos agradeció, ofreciéndonos si queríamos un poco. ¿Cómo se llaman?”, nos preguntó. “Soy Juan y él es mi primo Alfonso.

Tenemos nueve años”. Su sonrisa y su bienvenida nos animaron a preguntarle de dónde era, adonde iba y por qué caminaba.

Despacio puso un poco de leche en una media botella de plástico que le servía de tasa y empezó a contarnos: “Esta pandemia nos golpeó mucho. Yo ayudaba a mi familia trabajando en la cosecha en San Antonio, en Salto, pero la empresa cerró y me quedé sin trabajo.

Ahora no hay trabajo en mi pueblo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y con voz triste continuó: “Mi padre se enfermó, mi madre no trabaja porque cuida a mi hermana que no puede caminar y mi abuelo… y mi abuelo...” Román emocionado se quedó callado unos momentos y Alfonso y yo lo acompañamos en el silencio.

Después continuó: “Me voy a la capital a cumplir una promesa y a buscar trabajo para ayudar a mi familia. Le prometí a mi abuelo que conocería el mar. No tengo plata para un pasaje por eso camino hacia allá. En la ruta voy buscando trabajo, hago cualquier “changa”, para mandar plata a mi familia, como lo que me den y duermo en mi carpa”, Nos quedamos callados mirando el fuego un poco impresionado. Román viendo nuestra preocupación, cambió el tema y nos preguntó: “pero… cuéntenme ustedes, ¿cómo les va en la escuela?, ¿son buenos estudiantes?, ¿cómo son para el fútbol? Seguro son pata de palo”, bromeó. Y así, empezamos a hablar del colegio, los amigos, del fútbol, de autos, motos y caballos, haciendo cuentos y chistes… y cuando quisimos ver, habían pasado varias horas y era casi el mediodía. Nos despedimos con pesar y le deseamos mucha suerte.

Volvimos muy callados con mi primo, pensando que éramos muy chicos para ayudarlo, pero convencidos de que teníamos que hacer algo. Después de mucho discutir, hacer planes y contar y recontar nuestros ahorros, decidimos ir hablar con nuestro abuelo y pedirle ayuda. Nos sentamos frente a él en su escritorio y le propusimos que esas vacaciones trabajaríamos ayudando en todo lo que nos mandara, juntar leña, barrer los patios, ayudar en el campo, dar de comer a las gallinas, etc. pero que a cambio nos tenía que pagar… ¡un pasaje a Montevideo!. “¿Y para qué quieren un pasaje?”, nos preguntó y le contamos la historia de Román.

Nuestro abuelo muy emocionado nos dijo que sí, que nos compraría el pasaje, y además, que tenía un trabajo para Román a la vuelta de su viaje y que podía contar con ayuda para su familia desde ese momento.

Locos de alegría galopamos de vuelta al campamento en busca de nuestro amigo, que ya había juntado todas sus cosas y estaba de nuevo en la ruta. Sin bajarnos de los caballos, lo llamamos a los gritos y le contamos las buenas noticias y Román llorando solo decía: “Gracias, muchas gracias, gracias, gracias”.

Román fue a conocer el mar y nosotros trabajamos todas esas vacaciones sintiéndonos orgullosos e importantes. En setiembre volvimos al campo y lo vimos. Estaba cambiado, contento, parecía más joven sin la barba y con la ropa nueva. Nos abrazamos y hablamos de todo un poco. Él nos contó que estaba ayudando a su familia y que su padre se estaba recuperando. Román bromeaba y se reía mucho y nosotros, con gran alegría nos dimos cuenta que ya no se parecía en nada a aquel triste caminante que conocimos en las vacaciones de julio…